
Por los sacramentos de la iniciación cristiana,
el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en
"vasos de barro" (2 Co 4,7). Actualmente
está todavía "escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3).
Nos hallamos aún en "nuestra morada
terrena" (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a
la enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser
debilitada e incluso perdida por el pecado.
El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y
de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la
salud del cuerpo (cf Mc
2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu Santo, su
obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros.
Este es finalidad de los dos sacramentos de
curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.
"Los que se acercan al sacramento de la
penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados
cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que
ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo
y sus oraciones" (LG 11)